
El valor de ser diferente
En el mundo hay miles de millones de personas y todas somos diferentes entre sí. No existen dos seres humanos exactamente iguales. Cada uno posee unos rasgos físicos, una personalidad, una forma de pensar, de sentir y de enfrentarse a la vida. Sin embargo, algunas personas destacan un poco más porque poseen alguna peculiaridad que, ante los ojos de los demás, puede ser considerada como «rara» o diferente.
A menudo, esa diferencia es estigmatizada, como si poseer determinados rasgos físicos, características de personalidad o formas de pensar y actuar distintas a las de la mayoría fuese algo negativo. Parece que la sociedad hubiese establecido una especie de molde invisible dentro del cual todos deberíamos encajar para ser considerados «normales».
Pero ¿qué significa realmente ser normal?
Quizás nos hemos acostumbrado demasiado a utilizar esa palabra sin detenernos a pensar en todo lo que encierra. Lo que para unos resulta extraño, para otros puede ser perfectamente natural. Lo que hoy nos sorprende, mañana puede parecernos cotidiano. Y aquello que nos diferencia de los demás puede ser, precisamente, una de nuestras mayores riquezas.
Sin embargo, a lo largo de la historia, ser diferente no siempre ha resultado fácil.
Al diferente se le aparta o se le ignora, en el mejor de los casos. En otros, se le persigue, se le humilla, se le ridiculiza o, simplemente, se le hace la vida imposible. Basta observar a nuestro alrededor para comprobar que todavía existen personas que sufren porque no encajan en aquello que otros consideran adecuado.
A veces basta una característica física. Otras veces es una forma distinta de hablar, de vestir, de comportarse, de relacionarse o de comprender el mundo. Incluso una persona tímida, sensible o con aficiones poco habituales puede convertirse en objeto de burlas simplemente porque no responde a lo que su entorno espera de ella.
Y detrás de cada burla, de cada desprecio y de cada gesto de rechazo hay una persona que siente. Una persona que quizá llegue a preguntarse qué hay de malo en ella. Una persona que, posiblemente, solo desea lo mismo que todos los demás: sentirse querida, respetada y aceptada.
El dragón solitario: un cuento sobre la aceptación
En mi libro Relatos para despertar el corazón dormido hay un cuento titulado El dragón solitario. Este relato nos presenta a un dragón rechazado por el resto de los animales del bosque porque echa fuego por la boca.
Nadie quiere acercarse a él. Todos temen que pueda devorarlos o quemarlos con las inmensas llamaradas que emergen de su boca. Pero ninguno se ha detenido a conocerlo.
Un dragón que solo quería un amigo
Cada día, el pobre dragón sale de su cueva con un único propósito: hacer amigos. No desea hacer daño a nadie. No quiere asustar a los habitantes del bosque. Tan solo sueña con encontrar a alguien dispuesto a compartir un rato con él, conversar, jugar o acompañarlo.
Sin embargo, apenas lo ven aparecer, los animales huyen en estampida buscando algún refugio donde protegerse. Nadie espera a descubrir cuáles son sus intenciones. Nadie le pregunta qué siente. Nadie se acerca lo suficiente para descubrir quién se esconde detrás de aquella apariencia que tanto miedo les produce.
Y el dragón, derrotado y desesperanzado, regresa cada noche a su cueva con el corazón roto.
A pesar de todo, no se rinde. A la mañana siguiente, con las esperanzas renovadas, vuelve a salir. Quizá ese día sea diferente. Quizá encuentre a alguien que no huya. Quizá, por fin, alguno de los habitantes del bosque decida darle una oportunidad.
Pero la historia vuelve a repetirse.
El día en que todo cambió
Hasta que un buen día sucede algo inesperado y terrible en el bosque. Todos sus habitantes se encuentran en peligro y el dragón comprende que debe actuar. No hay tiempo que perder. Si no hace algo rápidamente, todos podrían perecer.
Y entonces ocurre algo maravilloso.
El dragón no piensa en las veces que lo han rechazado. No recuerda las puertas que le han cerrado ni las ocasiones en las que ha regresado solo y triste a su cueva. Tampoco piensa que aquellos animales nunca quisieron conocerlo. Simplemente piensa que están en peligro y que debe salvarlos.
Aquello que todos habían considerado un defecto, su capacidad para expulsar fuego por la boca, se convierte precisamente en aquello que permite salvar el bosque y a sus habitantes.
El regreso a casa
Cuando todo termina, el dragón no espera recompensas. Arrastrando los pies y cabizbajo, emprende de nuevo el camino hacia su cueva. Está acostumbrado a la soledad y ha asumido que nadie le dará jamás la oportunidad de conocerlo, y mucho menos de brindarle su amistad o mostrarle un poco de cariño.
A pesar de ello, su noble corazón no guarda rencor. Se siente satisfecho porque ha conseguido salvar el bosque y a sus habitantes. Eso es suficiente para él.
De pronto, escucha una voz a sus espaldas. Alguien lo llama. El dragón continúa caminando porque ni siquiera imagina que puedan estar dirigiéndose a él. Tienen que llamarlo varias veces hasta que finalmente se vuelve.
Son los animales del bosque. Aquellos que tantas veces habían huido al verlo ahora se acercan para darle las gracias por su heroicidad. Por primera vez han descubierto que detrás de aquel aspecto que tanto miedo les producía existía un ser noble, generoso y lleno de bondad.
Desde ese momento lo acogen como uno más y le brindan su amistad y su cariño.
Lo que el cuento nos enseña
El cuento tiene un final feliz. Sin embargo, cuando termino de contarlo, siempre queda flotando en mi interior una pregunta: ¿era necesario que el dragón demostrase su bondad, su generosidad y su altruismo para merecer ser aceptado? ¿Era necesario que realizase un acto heroico para que los demás decidieran conocerlo? ¿No habría sido mucho más sencillo darle una oportunidad desde el principio?
Nadie se había detenido a comprobar que el dragón no expulsaba fuego constantemente por la boca. Nadie había pensado que podía mantener una distancia de seguridad para no hacer daño a los demás. Nadie se había preguntado si aquel enorme animal tenía sentimientos.
Y los tenía. Sentía tristeza cuando lo rechazaban. Sentía ilusión cada mañana al salir de su cueva. Sentía esperanza cuando imaginaba que quizá algún día tendría amigos. Y sufría cuando veía cómo todos escapaban aterrorizados sin concederle siquiera la oportunidad de demostrar quién era realmente.
¿Cuántas veces hacemos nosotros algo parecido?
Hay ocasiones en las que rechazamos a los demás por ignorancia, por falsos prejuicios o, sencillamente, por miedo a aquello que desconocemos. Juzgamos antes de conocer. Ponemos etiquetas antes de escuchar. Nos dejamos llevar por una apariencia, un comentario o una primera impresión y construimos una idea sobre alguien sin preguntarnos si realmente conocemos a esa persona.
Las etiquetas pueden convertirse en muros difíciles de derribar. «Es raro». «Es diferente». «No es como nosotros». Y quizá detrás de ese «raro» haya una persona extraordinaria esperando que alguien se acerque. Quizá detrás de una apariencia que no comprendemos exista una sensibilidad inmensa. Quizá aquella persona a la que nunca dimos una oportunidad guarde en su interior cualidades maravillosas.
Todos tenemos nuestros propios «fuegos»
Todos poseemos alguna característica que puede resultar difícil de comprender para los demás. También tenemos defectos, miedos, inseguridades y heridas. Pero junto a ellos existen virtudes, capacidades, sueños y pequeños tesoros que solo pueden descubrir quienes se acercan a nosotros sin prejuicios.
Lo fácil es juzgar. Lo difícil es abrir la mente y el corazón.
Aceptar al otro no significa que tengamos que pensar igual, comportarnos del mismo modo o compartir todas sus ideas. Significa reconocer su derecho a ser quien es. Significa acercarnos con respeto y permitirle mostrarse tal y como es, sin obligarlo a esconder aquello que lo hace diferente por miedo a ser excluido.
Quizá deberíamos aprender a mirar un poco más allá. Más allá de una apariencia. Más allá de una etiqueta. Más allá de aquello que, a primera vista, nos resulta extraño. Porque cuando ofrecemos a alguien la oportunidad de mostrarse tal y como es, podemos llevarnos una maravillosa sorpresa.
El dragón de mi cuento necesitó salvar todo un bosque para que los demás descubrieran la bondad de su corazón. En la vida real no deberíamos exigir a nadie semejante hazaña. Nadie tendría que demostrar que es extraordinario para merecer respeto. Nadie debería realizar un acto heroico para tener derecho a una oportunidad.
Tal vez el verdadero aprendizaje de El dragón solitario no esté únicamente en la generosidad de su protagonista, sino también en el error cometido por quienes lo juzgaron sin conocerlo.
Una invitación a reflexionar
Por eso me gustaría terminar invitándote a reflexionar.
¿Alguna vez te has sentido como el dragón de este cuento? ¿Alguna vez has sentido que te juzgaban por ser diferente, por tu apariencia, por tu personalidad, por tus ideas o simplemente por no encajar en lo que los demás esperaban de ti?
Si ha sido así, ¿alguien se acercó para conocerte de verdad? ¿Te permitieron mostrar tus cualidades? ¿Hubo alguna persona que supo mirar más allá y descubrir los tesoros que guardabas en tu interior?
O quizá, en alguna ocasión, hayas estado al otro lado. ¿Has ignorado o rechazado alguna vez a alguien simplemente porque era diferente al estereotipo que la sociedad había definido como «normal»?
Si es así, quizá todavía estemos a tiempo de cambiar nuestra mirada. Porque detrás de cada persona hay una historia que desconocemos, unos sentimientos que no vemos y un corazón que, como el del dragón solitario, puede estar esperando algo tan sencillo y tan importante como una oportunidad.
Una oportunidad para acercarse. Una oportunidad para ser escuchado. Una oportunidad para mostrarse tal y como es. Una oportunidad, simplemente, para ser aceptado.



